Sexo y Divinidad


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Entre lo poco que sabemos del pasado histórico resalta la evidencia de que desde tiempos inmemoriales se ha sacralizado al sexo. Las celebraciones religiosas normalmente incluían actividades sexuales. Los indicios más antiguos de la religión incluyen rasgos del culto a la fertilidad. Los figurines de arcilla más antiguos en su mayoría representan diosas de la fertilidad, la que en el Antiguo Testamento se llama Asherah o Astarte, la diosa también conocida como Ishtar. El Antiguo Testamento testifica de la lucha centenaria peleada en el pueblo de Israel contra el politeísmo y a favor del monoteísmo. Esa fue una lucha constante que, aparentemente, nunca logró, antes del exilio, eliminar “los bosques” y “los lugares altos” donde se realizaban actos sexuales que según la magia simpática garantizaban la fertilidad de la tierra, los rebaños y las familias.

En los panteones politeístas, los dioses eran hijos e hijas de otros dioses y entre los dioses, como en las familias extendidas, el rapto, el incesto, y el adulterio eran habituales. La historia de la familia del rey David, seguramente, contiene todos los elementos de las historias de los dioses. La relación familiar de los dioses en los panteones, sin embargo, no nos es fácil determinar debido a que los dioses cambiaban de nombre al viajar de una cultura a otra y las fuentes a nuestra disposición provienen de diferentes localidades.

En sus esfuerzos por unificar a un pueblo con diferentes antecedentes religiosos, étnicos, lingüísticos y geográficos, los autores veterotestamentarios se esforzaron en encontrar maneras de unir a todos bajo un solo Dios y un solo templo, y de relacionar a los seres humanos con Dios de una manera que no tuviera que ver con la sexualidad. Es por eso que, con raras excepciones, no hacen mención de un Dios padre y nunca usan la forma femenina del vocablo “dios”. Cuando necesitan referirse a una diosa extranjera usan el vocablo en masculino plural, en vez del correspondiente femenino singular. Para ellos las diosas no existen. Mencionarlas, y de esa manera admitir su existencia, aparentemente, era considerado dejar la puerta abierta al politeísmo.

Que se tomaran medidas tan radicales sólo revela la vitalidad del politeísmo en el pueblo de Israel. Una lectura de la Torah atenta a la lucha por el monoteísmo no tarda en descubrir aquí y allá el tapiz politeísta en que se pintó el cuadro monoteísta. En su mismo comienzo, la Torah dice, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y era el desorden y el vacío, las tinieblas sobre el abismo y el viento de Dios soplaba sobre el océano primitivo [Tiamat]”. Seguramente que aquí tenemos tres parejas teogónicas que existían antes de la creación. En los libros poéticos, los hijos de Dios son miembros del panteón que se reúnen para deliberar en el concilio celestial. Cuando Ruth le dice a Naomi que quiere irse con ella a Canaan, Naomi insiste que se quede en Moab y adore a los dioses de esa tierra. Todo esto nos indica que la lucha por imponer el monoteísmo fue larga y dura,y, aparentemente, una de las armas más efectivas fue la eliminación de las parejas divinas y la desacralización del sexo. O sea, la guerra contra el politeísmo dentro de la Torah introdujo la secularización de la naturaleza.

Es natural, entonces, que en el Judaísmo el pecado número 1 sea la idolatría y el pecado número 2 sea el sexo anormal. Por supuesto, establecer qué es sexualmente normal depende de criterios culturales. Lo notable es que la condena del sexo anormal no está basada en criterios éticos o morales. Está basada en criterios religiosos de pureza ritual. El sexo es tabú, tal como lo es tocar a un ser humano muerto. O tocar las secreciones de los orificios del cuerpo. Por supuesto, el uso normal del sexo es considerado extremadamente bueno y los autores veterotestamentarios no tienen escrúpulos al describir a Yahve como el amante romántico que se acuesta con su novia, Israel, en un pastizal para gozar de la brisa que arroba a los árboles y crea un ambiente que promueve el amor. Sea como don divino que permite a los seres humanos tener una mejor comprensión de Dios y que, además, les permite crear algo que no existía, o como el instrumento que junto con la idolatría pone al ser humano bajo la ira de Dios, el sexo ha mantenido a través de los siglos un papel central para los que se ven a si mismos como criaturas en el mundo del Creador de los cielos y la tierra.

El proceso de secularización, como ya dije, comenzó cuando los autores del Antiguo Testamento le quitaron poderes divinos a la naturaleza al luchar contra las religiones de la fertilidad. La confrontación de la religión de los dioses de la fertilidad con el Dios de la historia está paradigmáticamente comprimida en el relato de Elías y los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Ese relato es la suma del Antiguo Testamento. Yahve es el Dios que pone y depone reyes, y también el que hace llover y le da fertilidad a la tierra. No se debe pensar que detrás de cada elemento natural hay un dios. El Dios de la historia está fuera de la naturaleza. Si bien el Dios de Génesis 2, el de los autores Yahvistas, es antropomórfico, el triunfo del monoteísmo nos da el Dios de Génesis 1, el Dios trascendente que proclama su voluntad a través del espacio, o por medio de profetas.

La secularización de nuestro vivir en la tierra que Dios creó ha progresado a paso lento pero seguro a través de los siglos. La lucha contra la doctrina de la transubstanciación de la ostia por parte de los reformadores del siglo XVI marca un hito en el camino de la desacralización de la naturaleza. El descubrimiento de la gravedad por parte de Isaac Newton, también produjo inseguridad en quienes consideraban que Dios personalmente guiaba el movimiento de los astros en el espacio. No han faltado quienes comentaran que la introducción del alumbrado eléctrico en las calles y lugares públicos dejó sin trabajo a centenares de duendes y fantasmas. Todos hemos oído que el primer astronauta ruso al volver del espacio informó no haber visto a Dios allá. Con los nuevos telescopios que han recibido información del “Big Bang” y que están penetrando los huecos negros del universo, la secularización de nuestro universo simbólico ha alcanzado límites nunca previstos por los autores del Antiguo Testamento.

Para la mayoría de nuestros contemporáneos el sexo no tiene nada que ver con lo divino y mucho menos con la moralidad, a menos que sea usado como arma de supremacía o de control abusivo. La genética, una de las ciencias que han hecho los más extraordinarios avances últimamente, ha hecho que la fertilidad humana sea manipulada científicamente, aún cuando supervisada por consideraciones éticas. La abundancia o la carencia de hijos no es vista como la demostración del beneplácito o la ira de Dios. La fertilización in vitro, el uso de spermas congelados, de productos químicos estimulantes, de mujeres dispuestas a llevar a término un huevo fertilizado que no es suyo, todos estos procedimientos han desalojado a Dios de la fertilidad, no sólo de los seres humanos, sino también de los rebaños y de los sembrados. Hoy en día el sexo es el siervo del placer y de todo aquel que tiene algo para vender, no importa lo que sea.

Las culturas occidentales han dejado de ser culturas basadas en el honor y la vergüenza y se han convertido en culturas basadas en la justicia y la libertad. Por lo tanto, el honor y la vergüenza sexual ya no tienen el poder para destruir vidas que una vez tenían. Aún el adulterio, que sigue siendo condenado y hace que políticos de renombre sufran oprobio público y se conviertan en el hazme reír de los humoristas y comediantes, es mayormente visto con los ojos del que dijo: “Tampoco yo te condeno.” El adúltero es condenado por ser infiel, por ser hipócrita, en efecto, por ser injusto con su esposa o esposo. Como tal, es condenado sin la participación de Dios. En su famosa novela Anna Karenina, León Tolstoi trata extensamente el adulterio, sus motivos, sus consecuencias, su precio y su esencia en el engaño. Analizando todos estos aspectos con un control extraordinario de su arte, Tolstoi no deja duda alguna que el adulterio es la completa negación de los valores humanos y de toda ilusión de facilitar la felicidad y la libertad. Pero para ello, este fiel defensor del cristianismo, no apela a la Torah. Solamente apela a una visión transformada del reino de Dios.

Tal es el mundo en que los occidentales vivimos y los que desean mantener una estrecha relación entre el sexo y Dios se encuentran en un ambiente con fuertes vientos contrarios. Lo sorprendente es que ni siquiera en la Biblia encuentran apoyo pues la condenación del sexo anormal está ligada a un sistema cúltico de sacrificios de sangre y a un patriarcado tribal que no tiene cabida en nuestro universo simbólico.

El gran avance teológico del Antiguo Testamento fue encontrar la manera de relacionar a los seres humanos con Dios sin hacer referencia a la fertilidad de los dioses. Esto fue posible con el concepto del pacto, el concepto de la promesa, el concepto de que lo que une a Dios con su creación es la palabra creadora. Los seres humanos no fueron creados para facilitar el ocio de los dioses, sino para obedecer la palabra de Dios.

El apóstol Pablo, que considera al Cristo resucitado el anticipo de la Nueva Creación, no funda su teología en un pacto con La Ley en su seno. Para él los cristianos están unidos al Cristo que fue crucificado y resucitado y esta unión se lleva a cabo cuando un individuo, al bautizarse, es crucificado y resucitado con Cristo de manera que ahora vive “en Cristo”. Es realmente sorprendente notar que Pablo usa no solamente la cruz, sino también al sexo como metáfora para describir la unión del cristiano con Cristo. Escribiendo a los corintios, moradores de la ciudad famosa por la libertad sexual predominante en ella, Pablo dice, “O no sabéis que el que se junta con una prostituta es hecho con ella un cuerpo? Porque serán, dice, los ‘dos una carne’. Empero el que se junta con el Señor, un espíritu es. Huid la fornicación. Cualquiera otro pecado que el hombre hiciere, fuera del cuerpo es, mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1Cor. 6:16-18). En otras palabras, el que se ha “juntado [sexualmente] con Cristo” no puede “juntarse [sexualmente] con una prostituta” porque el sexo hace que dos sean uno. Por supuesto, Cristo no es uno con uno. Cristo es uno con muchos. De la misma manera la prostituta es una con muchos.

Lo más interesante de este argumento es que Pablo no funda su argumento en la santidad de la fertilidad. Está basado en Gen. 2:24 y el poder unificador del sexo tanto en el ámbito de la carne como en el del espíritu. El problema con la prostituta es que al convertirse en el centro de atracción que une a muchos hace que el fornicario peque contra su propio cuerpo. Para Pablo la carne en sí no es mala. Vivir en la carne es normal, natural, pero vivir según la carne, según las normas de la humanidad caída, es vivir pecando. Pablo distingue a la fornicación como un pecado distinto a todos los demás pecados. Este no es el caso según La Ley, pero los cristianos ya no viven bajo La Ley. La definición tradicional del pecado como transgresión de La Ley, no es la definición de Pablo. Para él, “todo lo que no es de fe es pecado” (Rom. 14:23). Es sólo de acuerdo con esta definición que todos los demás pecados son hechos “fuera del cuerpo”. De que la fornicación es el único pecado que el pecador hace “contra su propio cuerpo”, no contra La Ley, no contra Dios, no contra la otra persona envuelta en el acto sexual, es sólo entendible cuando se recuerda que se trata de un cristiano que es un miembro del cuerpo de Cristo. El cristiano no vive en un cuerpo individual. Vive en el cuerpo de Cristo, que es una realidad espiritual y concreta dentro del mundo material. Si la carne significa la vida natural, el cuerpo significa la objetivización de la vida dentro del mundo material. Si bien el cristiano todavía vive en la carne, ya no vive según la carne. Aquí Pable ha re-definido lo que es sexo normal y bueno para el cristiano. El sexo bueno es el que hace de dos uno en el espíritu. Estos dos ahora manifiestan su vivir en un cuerpo.

Eso es lo que diferencia al sexo humano del sexo animal. El sexo humano no es, principalmente, para la reproducción de la especie en el mundo natural, como muchos cristianos a través de los siglos han argumentado y todavía argumentan. A diferencia del resto del reino animal, los humanos imaginan su vida y consideran al sexo como parte integrante de su identidad humana, tienen la habilidad de razonar, de recordar y reflexionar acerca de sus pensamientos. Para ellos la sexualidad no es solamente la habilidad de procrear, pero una forma sui generis de comunicar, de expresar amor, de establecer una unión al nivel de los sentimientos inexpresable. El sexo es parte de la realidad espiritual, no sólo carnal. Es por eso que Pablo consideró al fornicario como uno que rompe su propio cuerpo, puesto que está desgarrando un miembro de su cuerpo y de esa manera está desfigurando el único cuerpo que Cristo tiene para estar objetivamente presente en la tierra hoy.

Para Pablo, el sexo y lo divino funcionan en una forma radicalmente distinta a la que se describe en el Antiguo Testamento. No se trata de tocar poderes divinos que son tabú, o estar tentado a manipular esos poderes por medio del culto politeísta. El sexo es el medio para trascender nuestro ser y juntarnos con el que es nuestro puente a la vida del Espíritu.


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