Venid y ved


(system) #1

El evangelio Según Juan es un documento fascinante. De los cuatro evangelios, sin duda, es el que desde la antigüedad ha inspirado más a los cristianos. Según Marcosdeslumbra por la brillantez con que presenta al que vino a dar su vida en rescate por muchos y ha de aparecer triunfante en la eminente Parousía. Según Mateo, con el Sermón del Monte y la promesa que Jesús siempre está presente entre sus discípulos, ha informado los ideales de conducta de los cristianos a través de los siglos. Según Lucas y Hechos de los Apóstoles trazan el avance del reino de Dios de Galilea a Jerusalén y de Jerusalén a Roma demostrando que Dios tiene un plan que se desarrolla en la historia. Según Juan es el evangelio que ha inspirado a los cristianos a ver a Jesús como el Enviado del Padre que ha establecido el acceso a la vida eterna para todos los seres humanos. Según Juan nos invita a contemplar el mundo del Espíritu que da vida.

Lo que hace que Según Juan sea fascinante, además, es el simple lenguaje en que está escrito. Su simpleza, sin embargo, es ilusoria. El lector que no percibe los diferentes niveles en que las palabras tienen sentido no recibe el impacto retórico de su mensaje. La riqueza semántica de las palabras se despliega especialmente en los verbos. En columnas previas he señalado esta importante característica. He notado, por ejemplo, como “levantar”, “glorificar” y “crucificar” son usados indistintamente para referirse al regreso del Hijo al seno del Padre.

Para destacar un poco más este aspecto del evangelio, señalaré la manera en que se usan algunos verbos para darle forma a un marco teológico bien concebido. Para comenzar notemos referencias al verbo “oír”. En columnas anteriores he enfatizado que este evangelio, más que ningún otro, presupone un conocimiento profundo del antiguo testamento. En hebreo oír es shamea. Este vocablo significa tanto “oír” como “obedecer”. O sea, el que oye obedece. El que no obedece tiene cera en los oídos y no oye. El que no obedece es “de dura cerviz”. No puede volver la cabeza de un lado para otro y situarse en un panorama más amplio. En hebreo se sobrentiende que el que oye actúa a base de lo que oyó. El que oye y no obedece, no ha oído. Como decimos comúnmente, le entró por una oreja y le salió por la otra. El mensaje no hizo impacto en el ser.

Esta característica del hebreo es evidente en el uso del verbo “oír” en Según Juan. Por ejemplo, “No podéis reconocer mi mensaje porque no podéis oír mi palabra” (8: 43). “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (18: 37). “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (10: 27). Finalmente, “Todo aquel que oyó, y aprendió, viene a mi” (6: 45). El que oye, viene. El que no viene, no ha oído. O como Jesús explica, “los judíos” no vienen a él porque piensan que lo que Jesús les ofrece ya lo han encontrado en otra parte.

En una de sus críticas más severas Jesús dice que el problema de “los judíos” es que ellos buscan la vida eterna en las Escrituras. Pero para obtener la vida eterna ellos deben, en vez, venir a él (5: 39). En otra ocasión Jesús dice: “El que viene a mi nunca tendrá hambre”, y la oración paralela explica: “El que en mi cree no tendrá sed jamás” (6: 35). Venir es creer. Refiriéndose a ciertos judíos que fueron testigos de la resurrección de Lázaro, el narrador usa la siguiente secuencia verbal: “Entonces muchos de los judíos que habían venidoa María y habían vistolo que había hecho Jesús, creyeronen él” (11: 45)

Oír y venir resultan en ver, y los que ven se convierten en testigos. En el prólogo la comunidad juanina proclama: “Vimos su gloria” (1: 14). Juan el Bautista confiesa: “Yo le vi y he dado testimonio” (1: 34). Por otra parte, “los judíos” preguntan: “¿Qué señal haces para que veamos y creamos?” (6: 30). Pero su supuesto interés en los reclamos de Jesús no es considerado sincero por Jesús. Su uso de las Escrituras para declarar a Jesús pecador revela que son ciegos, a pesar de la certeza con que afirman tener buena vista. No son diferentes de los que tienen cera en los oídos. Es por eso que Jesús declara: “Para juicio he venido, para que los que no ven vean y los que ven sean cegados” (9: 39). Esto es, él ha venido para transformar los sentidos y capacitarlos para reconocer la obra de Dios, o sea para proveer el objeto en el cual creer.

Por otro lado, el pedido de los griegos es sincero. Cuando ellos le ruegan a Felipe: “Señor, queríamos ver a Jesús” (12: 21), este pedido de los griegos, que desaparecen después de haber cumplido su papel en la trama del evangelio, hace que Jesús enfrente su destino. Su hora ha llegado (12: 23, 27). Los que quieren ver tienen que tener un objeto definido sobre el cual posar la vista. La señal que “los judíos” pidieron con malas intenciones y los griegos pidieron con gran interés debía ser dada. Jesús tenía que ser “levantado”. En la cruz la fe encuentra el objeto que la justifica. Como dice Jesús: “El que me ve, ve al que me envió” (12: 45). Seguramente no se trata simplemente de ver un objeto material.

Ya notamos que “venir” y “creer” son usados sinónimamente. Queda claro en el paralelismo de “comer” y “beber” (6: 35). Pero la comida y la bebida en este evangelio no son lo que normalmente imaginamos. Ellas sirven para enfatizar el dualismo que caracteriza al evangelio. En este caso, sin embargo, no se trata de un dualismo vertical, sino de uno horizontal. En vez de contrastar “arriba” y “abajo” contrasta “lo que perece” con “lo que permanece”. Considerar que la vida consiste en trabajar por la comida que perece es vivir engañado a base de falsas premisas. Al contrario, en la vida hay que trabajar por “la comida que a vida eterna permanece” (6: 27). Cuando los discípulos que han dejado a Jesús junto al pozo de Jacob regresan del pueblo con comida para que Jesús almuerce, él les explica que su comida no es material. Comer no es alimentar el cuerpo; es oír, obedecer. Jesús les dice: “mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (4: 34). Esta declaración es el anticipo de las palabras de Jesús en su oración sacerdotal (17: 4) y en la cruz: “Está acabada” [Consumada es] (19: 30). Para los seres humanos comer la comida que a vida eterna permanece es acabar “su obra”, y la obra que ellos deben realizar es creer en el Enviado del Padre (6: 29). Esta obra es “comer” y “beber”. “El que come mi carne y bebe mi sangre en mi permanece y yo en él” (6: 56). En otras palabras, comer y beber, “creer”, es tener la palabra de Jesús permanentemente (5: 38).

Hemos llegado al verbo central del evangelio de Según Juan. El verbo griego es menein. Por desgracia los lectores modernos por lo general no captan su extenso uso. En castellano (Reina-Valera) se lo traduce con cinco diferentes verbos que cubren el campo semántico del verbo griego. Meneines traducido por “estar”, como en “estad en mi amor” (15: 9); “reposar”, como en “y que reposa sobre él” (1: 32); “quedar”, como en “el siervo no queda en casa” (8: 35); “permanecer”, como en “para que todo aquel que cree en mi no permanezca en tinieblas” 12: 46), y “morar”, como en “vieron donde moraba” 1: 39). La idea central es “habitar”, “estar cómodo en casa”, “tener raíces en el espacio y el tiempo”, “estar orgánicamente integrado”, “morar”. No es casualidad que el relato comienza con dos discípulos de Juan el Bautista que, habiendo oído el testimonio de Juan, deciden seguir a Jesús. Al notar que lo están siguiendo Jesús se vuelve y les pregunta: “¿Qué buscáis?” Ellos le responden con otra pregunta: “¿Dónde moras?” (1: 38). En realidad esta es la pregunta que el evangelio le hace a todos sus lectores. La respuesta a esa pregunta es decisiva.

El verdadero discípulo es el que mora en la palabra de Jesús (8: 31). El que mora en Jesús y la palabra de Jesús mora [permanece] en él tiene acceso directo a la voluntad de Dios (15: 7).El cristiano tiene que estar orgánicamente unido, cómodo en casa, arraigado en el espacio y el tiempo, con Jesús, tal como lo está el pámpano en la vid 15: 4 – 6). A los que creen en él y en Dios Jesús los invita a “las moradas” en la casa de su Padre (14: 1 – 2). La promesa del evangelio es que el Padre tiene muchas moradas para los que creen, los que moran en Jesús y la palabra de Jesús mora en ellos. Esta promesa es inmediatamente efectiva. Jesús dice: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con él morada” (14: 23). A la pregunta “¿Dónde moras?” Jesús la contesta diciendo “Venid y ved”. El narrador entonces informa que ellos “vinieron y vieron donde moraba y quedáronse [moraron] con él” (1: 39).

Leer Según Juan es un acto de contemplación. Es una invitación a morar en la palabra de Jesús. Los que la oyen, vienen a él; ellos están cómodos en la morada que comparten con Jesús y el Padre, y tienen vida eterna.

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Con esta columna le doy conclusión a mi serie sobre el evangelio Según Juan, y a mi muy satisfactoria jornada como columnista regular de Café Hispano.

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