Yo he vencido al mundo


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En el evangelio Según Juan la palabra “mundo” es, sin duda, polisémica. Aparece más de sesenta veces en el texto y si no se presta atención a cómo es usada es fácil malinterpretar su mensaje o concluir que el evangelio se contradice. Es, por lo tanto, necesario hacer un análisis de sus usos.

Para comenzar, notemos que dicha palabra es usada para referirse a una multitud, a las masas, al vulgo. Debido al éxito publicitario de la resurrección de Lázaro, los fariseos están preocupados porque “el mundo se va tras de él” (12:19). Cuando sus hermanos le animan a subir a Jerusalén para la fiesta de los tabernáculos le dicen “manifiéstate al mundo” (7: 4) Siendo interrogado por Pilato acerca de sus discípulos y sus doctrinas, Jesús contesta: “Yo manifiestamente he hablado al mundo; yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se juntan todos los judíos, y nada he hablado en oculto” (18: 20). En estos casos el mundo es el espacio público donde circula el pueblo. Es lo opuesto a un lugar oculto.

La palabra “mundo” también se usa en el sentido literal de la palabra griega cosmos, refiriéndose a la creación. En los primeros versículos leemos que el mundo fue “hecho por” el Logos que eventualmente se hizo carne (1: 10, 14). Esto significa que el Hijo de Dios “ha venido al mundo” (11: 27). “Antes que el mundo fuese”, sin embargo, ya el Hijo gozaba de gloria en la presencia del Padre (17: 5, 24). Con característico doble sentido, Jesús explica que el día tiene doce horas y que hay que andar de día, viendo “la luz de este mundo”, para no tropezar. Queda claro que él no se refiere al sol cuando añade: “El que anduviere de noche tropieza pues no hay luz en él” (11: 9 - 10).

El mundo también es la humanidad, esa parte de la creación con la cual Dios tiene una relación especial. En esta relación el amor de Dios juega el papel decisivo. Como bien lo dice el versículo más conocido del evangelio, “de tal manera amó Dios al mundo que ha dado su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree . . . tenga vida eterna” (3: 16). Para ganar puntos en un argumento sobreentendido, el narrador añade: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él” (3: 17). Mientras el versículo dieciséis afirma que sólo los que creen en él reciben vida eterna, el versículo diecisiete afirma que él vino a salvar al mundo, o sea a la humanidad. Como Jesús le dice a Pilato: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (18: 37).

En su oración final Jesús alude a los que han de creer en él por la palabra de los discípulos después de su retorno al Padre. Es necesario que los creyentes de las generaciones futuras se mantengan unidos de la manera en que el Padre y el Hijo están unidos. La unidad de los discípulos ha de provocar al mundo a creer que él es el Enviado del Padre (17: 20 - 21). La unidad del Padre con el Hijo, del Hijo con sus discípulos y de los discípulos con los que creen en él por la palabra de ellos hará “que el mundo conozca que tú me enviaste y que los has amado como también a mí me has amado” (17: 23). El amor de Dios por la humanidad (el mundo) que se manifiesta en la unidad del Padre, el Hijo y los que creen hará que la humanidad sepa que él es el Enviado del Padre.

El amor de Dios por la humanidad está anclado especialmente en los que creen. La imagen del Hijo como el pan que descendió del cielo elabora esta realidad. Mientras que los que comieron del maná provisto por Moisés recibieron vida terrenal, “el que comiere de este pan vivirá para siempre, el pan que yo le daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (6: 51, c. c. 6: 33). Si bien Jesús ha de dar su carne (su vida en el mundo de abajo) para darle vida “al mundo”, sólo los que comen ese pan vivirán para siempre. La ambigüedad que notamos en 3: 16 – 17 queda en pie aquí.

La triste realidad, empero, es que muchos seres humanos rehusan comer el pan del cielo. Ellos son incrédulos y como tales también son identificados como “el mundo”. Ya en los primeros versículos leemos que “el mundo no le conoció” (1: 10). Cuando Jesús le promete a los discípulos enviarles el Paracleto, el Espíritu de Verdad, les advierte que “el mundo no le puede recibir porque no le ve ni le conoce” (14: 16 – 17). Luego les advierte que “si el mundo os aborrece sabed que a mi me aborreció antes que a vosotros” (15: 18). En su oración final Jesús se lamenta, “Padre justo, el mundo no te ha conocido” (17: 25). Queda claro, entonces, que el mundo donde Dios no es conocido y en el cual tanto el Hijo como el Paracleto son rechazados no es el mundo de los que creen y reciben vida eterna.

Aunque el Padre no haya enviado a su Hijo a condenar al mundo de la humanidad (3: 17; 12: 47), el mundo de los que no conocen al Padre, y odian al Hijo y a los que creen, ha sido juzgado y condenado. La presencia del Hijo en el mundo de los seres humanos le convierte en el agente del juicio (5: 22). “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida” (5: 24). Pero “el que es incrédulo al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (3: 36). La crisis del mundo es la elevación del Hijo en la cruz. Ante este evento la humanidad queda dividida en dos mundos. Como Jesús le dice a los fariseos que lo acusan de no guardar el sábado por haber hecho barro para sanar al que nació ciego: “Yo para juicio he venido al mundo” (9: 39). Es por eso que cuando los griegos piden ver a Jesús, él anuncia: “Ahora es el juicio de este mundo” (12: 31).

Algunas veces la palabra “mundo” es usada para referirse a la condición humana en la esfera de “abajo”. Esta esfera incluye a la muerte biológica que Jesús reduce a la condición de dormir (11: 11). En su polémica con “los judíos” Jesús les dice, “vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo” (8: 23). La vida del Logos encarnado es su pasaje por el mundo de abajo. “Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre” (16: 28). Si bien él se va del mundo de abajo y regresa al de arriba, sus discípulos se quedan abajo. En su favor, Jesús pide al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal (o, “del Malo”, 17: 15).

Aquí se hace una distinción entre el mundo de abajo, en el cual Jesús vivió y sus discípulos han de vivir aun cuando están en posesión de la vida eterna, y el mundo “caído” que está bajo el poder de “el Malo”. En el caso de Judas, al Malo se lo identifica como el Diablo (13: 2) o Satanás (13: 27), pero en tres ocasiones se lo nombra “el príncipe de este mundo”. Este príncipe, Jesús dice, “no tiene nada en mi” (14: 30), y ha sido “echado fuera” o “juzgado” (12: 31; 16: 11). Este príncipe es el soberano del mal y de la muerte escatológica. Es por eso que Jesús termina el segundo discurso de despedida aclarando, “En el mundo tendréis aflicción; mas confiad, yo he vencido [definitivamente] al mundo” (16: 33, “he vencido” en griego está en tiempo perfecto, como “Consumado es” en 19: 30). El mundo vencido es el mundo del príncipe del mal, y los que son de fe no viven en ese mundo. Jesús le explica esto a sus discípulos diciéndoles: “vosotros no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo” (15: 19). El mundo caído no es el mismo que el mundo de abajo. Ellos tienen vida eterna, aun cuando siguen viviendo en el mundo de abajo. Esta diferenciación también nos explica el sentido de la observación, “el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (12: 25). El que aborrece su vida en el mundo caído, puede seguir viviendo en el mundo de abajo y poseer la vida eterna..

Teniendo en cuenta esta distinción, Jesús puede también comparar a la manera en que el Padre lo envió a él a cómo él ahora envía a sus discípulos. “Como tú me enviaste al mundo, también los he enviado al mundo” (17: 18, cp. 20: 21). Claro está, mientras que el Padre lo envió a él del mundo de arriba al mundo de abajo, él ahora envía a sus discípulos del mundo de abajo al mundo de la incredulidad, el mal y la muerte escatológica.

El mundo caído bajo el poder de El Malo es el mundo concebido por el apocalipticismo para poder mantener la doctrina de la justicia retributiva de Dios. Pero en su literatura se presentan escenas de luchas mitológicas que culminan en la gran batalla de Armagedón. Es después de ese triunfo que Dios juzga y retribuye a cada uno según sus obras. El apocalipticismo se caracteriza por afirmar que la justicia de Dios se revelará en la vida de los santos después de la resurrección, no en la vida de los santos en el mundo de abajo.

Según Juan representa a la tradición sapiencial mejor expresada en Job. Tanto Job como Según Juan tienen una perspectiva cósmica. Ellos ven a Dios en términos de la creación, pero ambos rechazan al apocalipticismo, que también es universalista. Ellos no concuerdan con la concepción apocalíptica de Dios. Su Dios es el Dios de la unidad, la confraternidad, la paz y la vida. No el Dios de la venganza y la batalla que elimina a la muerte. En este evangelio no se lee acerca de la separación de las ovejas y las cabras, un gran juicio en el cielo, las señales que anuncian la futura Parousia, las guerras y rumores de guerras y la abominación desoladora. Las parábolas del reino, que usan una imagen apocalíptica y son esenciales al mensaje de Jesús en los sinópticos, brillan por su ausencia en Según Juan. Estas descripciones características del apocalipticismo han sido rechazadas.

Si bien este evangelio admite que “el príncipe de este mundo” ha obrado libremente hasta ahora, la glorificación del Hijo lo ha echado fuera. La vida eterna es vivida por los creyentes ahora, y la ira de Dios ya descansa sobre los incrédulos (3: 36). Aunque la vida en el mundo de abajo tiene sus aflicciones, los que creen viven en paz (16: 33) porque el Hijo ha alcanzado la victoria definitiva sobre el mundo caído donde reina la muerte escatológica.

Esta perspectiva juanina queda plasmada en su misma esencia en la manera que se recuenta la tradición de Jesús caminando sobre el mar:

Siendo que se hacía tarde, los discípulos bajaron al mar y, habiendo subido a un barquito, venían desde la costa opuesta a Capernaum. Ya había oscurecido y Jesús aún no había venido a ellos, pero el mar se había encrespado debido al soplo de un gran viento. Habiendo ya navegado como veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que camina sobre el mar cerca del barquito, y se asustaron. Pero él les dice: “Yo soy. No temáis.” Ellos entonces quisieron que subiera al barco, pero inmediatamente el barco estaba en la tierra a la cual iban (6: 16 – 21, mi traducción).

El tema de este relato no es el de Jesús calmando la tempestad. Aquí los discípulos se encuentran en medio del mar, entre veinticinco y treinta estadios de la costa oriental. Es de noche y el mar está encrespado por el viento, pero la tormenta no es lo que aterroriza a los discípulos. Lo que les da miedo es ver a alguien caminando sobre el mar como si fuera su dueño.

Cuando Jesús se identifica, “Yo soy”, dos cosas suceden. 1) El miedo se les va y ellos quieren que Jesús suba al barquito. 2) Su deseo queda frustrado porque milagrosamente se encuentran en el puerto al cual iban. Esto hizo innecesario que Jesús subiera al barco. Esta historia nos dice que los que reciben una teofanía de Jesús triunfante sobre el mar, el reino del príncipe de este mundo, ya no están en el mar del mundo caído. Han arribado al puerto donde querían ir, aún cuando no cuentan con la presencia de Jesús en el barco con ellos. Seguramente que esta versión de la historia nos revela la perspectiva teológica de Según Juan.

Los discípulos en el barco – que es el agente de salvación -- están en la obscuridad y en el mar encrespado. Como dijera Jesús, “en el mundo tendréis aflicción. Mas confiad, yo he vencido al mundo”. El que camina sobre el mar, la fuente y el poder del mal y de la muerte, saca a sus discípulos del mar. Como dice Jesús en su oración, ellos “están en el mundo” (17: 11), pero “no son del mundo como tampoco yo soy del mundo” (17: 14, cp. 15: 19). Ellos tienen la vida y la paz que el Hijo vino a darles. El les dice: “No temáis. . . . La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. . . Estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz” (6: 20; 14: 27; 16: 33). Siguen estando en el mundo de abajo, pero como Jesús, ellos no son del mundo caído. Su fe los ha transportado al puerto deseado. Ellos viven en el pacífico mundo de El Glorificado.

La escatología de Según Juan no es apocalíptica. En vez de estar al servicio de una preocupación por comprender la justicia de Dios y de cómo el futuro la ha de revelar, su escatología está sumisa a su soteriología. La salvación es una realidad ahora. El Hijo que vino a todos estos mundos no se fue habiendo cumplido sólo la primera parte de su misión. Con toda confianza y sinceridad él dijo: “He acabado la obra que me diste que hiciese” (17: 4). Los que creen en él viven la vida más abundante (10: 10) en el mundo de abajo en paz. En este evangelio Jesús no predice un gran milagro (dúnamis) realizado por él al regresar en gloria y majestad en el futuro. En vez, Jesús predice “grandes obras”, que sus discípulos han de realizar en el mundo de abajo después de él haber acabado su obra en ese mundo (14: 12).

Los creyentes que han de realizar estas grandes obras continúan viviendo en el mundo de abajo, pero no en el mundo caído de la muerte escatológica. Ellos viven también en el nuevo mundo (kosmos) representado por el templo del Cristo resucitado (2: 21). Como dijera en mi columna anterior, un nuevo templo es un nuevo cosmos. En ese nuevo mundo, donde la vida y la paz de Cristo reinan, los creyentes viven aún cuando siguen viviendo en el mundo de la humanidad y el mundo de la condición humana aquí abajo. Como testigos de la Verdad ellos viven en varios mundos. La doctrina central del evangelio, la encarnación, es la afirmación del valor inmensurable de la humanidad y el mundo de abajo. Siendo que el Hijo descendió para después subir, ella también afirma que Jesús vino al mundo para crear el mundo del Espíritu, en el cual la adoración se realiza en el templo del cuerpo de El Glorificado.

[Ilustración de Gustave Dore vía Project Gutenberg]


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